Por Omar Altamar Santodomingo

En luz amarilla se encuentran las universidades, al percibir el incremento de sillas vacías, de cara al descenso en el número de estudiantes matrículados en Colombia.

Las cifras del Departamento Nacional de Estadísticas, DANE, muestran cómo la condición demográfica del país venía cambiando. Según el censo 2018, la población en edad de ingresar a la universidad es cada vez menor. En 1973 oscilaba entre 15 y 19 años y representaba el 11,8%. En el 2018, se mantiene el rango de edad, y el porcentaje  descendió al 8,7%.

Al comparar las cifras del Dane con las del Sistema Nacional de Información de la Educación Superior (SNIES),  el país pasó de tener 952.988 estudiantes nuevos en el primer semestre de 2016 a 912.468 en 2017. Es decir, un decrecimiento del 4,25 %.

El análisis cuantitativo de la situación refuerza la teoría de señalar el cambio demográfico como principal causa de la disminución de estudiantes; sin embargo, al hacer el análisis cualitativo, encontramos otras razones que invitan a reformular urgentemente el sistema académico actual:

  1. Un informe del Banco Mundial, publicado por El Espectador en diciembre de 2018 manifiesta que, “Colombia es el segundo país en América Latina con mayor tasa de deserción universitaria. Las mayores deserciones se dan en primero y segundo semestre. Puede ser porque los estudiantes se decepcionan de la carrera o porque económicamente no pueden seguir”, la condición se vuelve más compleja.
  2. Esta generación, nativa digital, no encuentra receptividad en un gran número de docentes que padecen de analfabetismo digital y recurren a enseñar lo que ellos aprendieron en su etapa de formación y no lo que el entorno necesita. La brecha existente entre estas dos generaciones genera una ruptura tecno – pedagógica que dificulta la comunicación y que finalmente impacta en las matrículas.
  3. El incremento de Plataformas para cursos online como Coursera, EdX, Udacity y FutureLearn están diversificando la oferta en educación superior, en el mundo, a un ritmo cada vez más acelerado al punto que hoy la formación que se imparte en una aula de clase está quedando relegada.

Es hora de dejar de ver el Modelo Educativo de Finlandia como un paisaje lejano del que el mundo habla, pero que nadie se atreve a utilizarlo como benchmarking para soportar la tempestad que empieza a azotarnos. La transformación de la educación es más que urgente.